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¿Cuáles
Son Las Consecuencias de que predomine El Poder o la Fuerza en
los Mercados?
Nosotros,
como seres humanos, todos tenemos, naturalmente y en principio,
libertad de escogencia. Sin esa libertad de escogencia no podríamos
asumir responsabilidades, ni podríamos ser considerados
responsables de nuestros actos. No podríamos ser sujetos
a sanciones ni recompensas. Ahora bien, el espectro de escogencias
posible, es probablemente infinito. Pero, por encima de todo y
primero que nada, tenemos que escoger, ahora y en todo momento,
el plano energético en el que nos movemos, y en el que
nos insertamos.
Entendemos
como plano energético en el que nos movemos, a nuestras
escalas de valores prevalentes. Si en esas escalas de valores
nos inclinamos a considerar, respetar y amar a los demás
como a nosotros mismos, tenemos, frente al mercado, respuestas
de ese mismo tono, aunque no necesariamente en el cortísimo
plazo y de inmediato. Si, por el contrario, consideramos a los
demás como sujetos de los que podemos aprovecharnos y a
los que podemos utilizar, puede ser hasta posible que, en el cortísimo
plazo nos vaya bien y salgamos gananciosos. Pero, seguramente,
en el mediano y largo plazo, los demás, conciente o inconscientemente,
no considerarán y actuarán respecto a nosotros de
la misma forma Y, consecuentemente, no saldremos gananciosos.
En la primera
postura, nuestros emprendimientos, frente a la segunda postura,
serán, sobre todo, más sostenibles; y, al mismo
tiempo, en el mediano y largo plazo y como promedio, definitivamente
las empresas con la segunda postura, serán más rentables
y apreciados. Y, cuando mayor sean los grados de competitividad
y globalización, tanto menor será la duración
de los plazos; y, por supuesto, tanto más rápidamente,
recogeremos o recibimos de los demás, del mercado, lo que
nosotros hemos dado o brindado a los demás y a este último,
tanto en cantidad como en calidad y especie. Bien por bien, y
mal por mal, con la salvedad que, casi invariablemente, lo que
recibimos es siempre, sea para bien o para mal, mucho más
o varias veces lo que dimos o brindamos, o lo que dejamos de dar
o brindar.
En ninguna
parte es esto tan válido y contundente, como en el mundo
de los negocios, tal como éstos se hacen cada vez más
manifiestos en la aldea global y competitiva; esto es, en esta
acelerada fase que nos está tocando vivir en el mundo actual.
Del mismo modo, en ninguna parte podríamos evitar los fracasos
tan fácilmente, como en el mundo de los negocios y emprendimientos,
solamente si pudiéramos comprender y efectivamente aplicar
estos conceptos antes mencionados. Vale decir, que, aunque sea
por conveniencia y no por convicción, tenemos que tratar
al prójimo, de una manera tanto o mejor que la que queremos
que el prójimo nos trate a nosotros.
En última
instancia, si analizamos las poblaciones de empresas en cada mercado,
comprobaremos, invariablemente que las empresas más exitosas,
más sostenibles, y que más años se han mantenido
en el mercado, son empresas que, como grupo, han cumplido, en
un mayor grado que las demás, con los conceptos antes mencionados.
También y del mismo modo, comprobamos que, a medida que
la globalización avanza, los mercados, como campos interconectados
de fuerza y poder, se amplían cada vez más. Y, al
mismo tiempo, observamos que, las exigencias de cumplir en un
mayor grado con los puntos anteriores, se hace cada vez más
crucial, y materia de vida o muerte. Es por eso que, con la globalización
y competitividad creciente, los mercados se hacen cada vez más
densos y pequeños, por extendidos que puedan estar geográficamente;
y las empresas y emprendedores en esos mercados, se confrontan
cada vez más rápidamente con las consecuencias de
sus actos, para bien o para mal, en lo que hace a la sostenibilidad
y rentabilidad de sus negocios.
A la luz de
lo anterior, podemos asegurar que, en una escala en la que ubiquemos
los grados de cumplimiento efectivo de los anteriores principios,
y a las empresas que en esos mercados se corresponden con cada
uno de ellos, las que estén en los grados superiores de
cumplimiento serán como promedio, más exitosas y
sostenibles que las que se ubican en los grados inferiores de
adhesión y efectivo cumplimiento de estos principios.
Con frecuencia
los posibles “compradores”, sin importar de qué producto
o de qué servicio público o privado, pueden ser
encandilados con la mercadotecnia glamorosa de una campaña
de publicidad, al punto de adquirir productos o servicios que,
en la realidad de sus consecuencias, demuestran no ser lo que
efectivamente necesitaban. En otras palabras, con esas campañas,
esos compradores pueden ser engañados. Esto es, pueden
ser utilizados e irrespetados por aquellos que conducen esas campañas
y por aquellos que las contrataron. Pero, siempre en diferentes
grados, esos “triunfos” de empresarios y publicistas, siempre
terminan siendo “pírricos,” si, más tarde, los adquirentes
de esos productos o servicios, desencantados, por una parte, no
vuelven a adquirirles nuevos servicios o, si no lo pueden evitar,
les siguen adquiriendo en cantidades por debajo de las que les
adquirirían de estar conformes con ellos. Y, por la otra,
esos adquirentes disconformes, o no suficientemente fidelizados,
no apoyan y más bien despotrican o son apáticos
e indiferentes para con esas empresas, esperando, conciente o
inconscientemente, la aparición de nuevos competidores,
para de inmediato o demasiado fácilmente, irse con ellos.
Y, a la luz
de lo anterior, introducimos los conceptos de “poder” y “fuerza”
como dos expresiones diametralmente opuestas en el juego de los
mercados y de los que actúan dentro de ellos, tanto como
compradores o vendedores, toda vez que estos papeles se confunden.
Nadie en cualquier mercado, es solamente comprador, o solamente
vendedor. Todo el que compra vende, y todo el que vende compra.
Esto es obvio y de perogrullo, pero es muy importante para distinguir
el alcance que aquí queremos dar, para continuar con este
análisis, a los términos ya mencionados de “poder”
y “fuerza.”
El “poder”
en los mercados es un principio activo que actúa como una
fuerza magnética que atrae naturalmente a que los que en
los mercados actúan, para que recurran a satisfacer sus
necesidades en los que mejor pueden satisfacerlas, sin presiones
de naturaleza alguna. La “fuerza” en estos mismos mercados, es
un principio pasivo, al que, ante la ausencia de un “poder” genuino
de atracción, los empresarios que menos cumplen con los
principios anteriores, recurren, para forzar a que les compren
productos o servicios que no están a la altura de los productos
o servicios que, respetando a los clientes que son sus prójimos,
estarían ofreciendo. En otras palabras, la “fuerza” o el
“engaño,” es la sustancia misma de las publicidades faltas
de sinceridad, o de los arreglos monopólicos de cualquier
corte, con los que un vendedor o un grupo de vendedores, obliga
o seduce a que otros compren lo que ellos, en condiciones de poder
declinar, declinarían de comprar. El “poder,” en una analogía,
sería como la ley de gravedad, que, sin forzar, atrae naturalmente
y nadie puede abstraerse de ella. La “fuerza”, en cambio, sería
la que puede ser ejercida, brutalmente o encubiertamente, para
forzar a que alguien haga lo que no le conviene y en contra de
su propia voluntad, hasta que se da cuenta y revierte su comportamiento.
El “poder”
es genuino y valioso. La “fuerza” es engañosa y no deseable.
Con el “poder” genuino del lado de compradores y vendedores de
bienes y servicios, las relaciones son más estables y fructíferas.
Con la “fuerza” que lleva a que alternativamente compradores y
vendedores se vean “obligados” a comprar o a vender, las relaciones
son menos estables y fructíferas. Va de suyo, por lo tanto,
las sociedades donde predomina el “poder” entre las partes que
contratan e interactúan entre sí, son sociedades
más sanas, más prósperas, y más felices.
Mientras que, en las sociedades donde predomina la “fuerza” entre
esos mismos protagonistas, son sociedades menos sanas o más
enfermas, menos prósperas o más miserables, y, definitivamente,
son menos felices que las anteriores. Por supuesto, en este mundo,
probablemente no haya sociedad alguna que sea perfecta y en la
cual solo predomine el Bien. Pero, indudablemente, lo anterior
se da en diferentes grados en todas las sociedades del mundo.
Y, consecuentemente, las sociedades donde hay menos engaños,
son más prósperas y felices que las otras.
Lo anterior
es válido tanto para el mercadeo o el márketing
de empresas y emprendimientos, como en el márketing político
para atraer o repeler votantes. En esto último campo, el
político, las listas sábanas y muchas otras características
de nuestros sistemas, son recursos de fuerza, con los que el sistema
obliga a que los votantes, quieran o no, voten o no, se abstengan
o no, anulen o no sus votos, directamente queden despojados de
sus legítimos derechos de escogencia, en beneficio de una
elite de políticos o sindicalistas que, gracias a esas
limitaciones, no necesitan atraer genuinamente a los votantes,
para acceder o mantenerse en el poder. Con esto, en estos sistemas,
las relaciones son siempre o la mayoría de las veces, marcadas
por las turbulencias y los descontentos. Y, las sociedades dónde
estos se da, son menos estables, menos prósperas, más
decadentes, menos confiables, menos sólidas, más
conflictivas y, en fin, menos justas y felices. Igual con los
negocios. Y, como entre negocios y política existen estrechos
vasos comunicantes, unas a otras, para bien o para mal, se influencian
y, en el proceso, se depuran o se hacen cada vez peores.
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