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El
Cliente, No la Competencia, ¡Stupid!
En una de
las campañas electorales en la que Clinton ganara la presidencia
de EEUU, cuando se dio cuenta de la importancia de la Economía
en la mente de la población, hizo famosa la expresión
“The Economics, Stupid.” Con esa expresión, les decía
a sus colaboradores que el éxito estaba en focalizar la
realidad de la economía de EEUU y no en tema otro alguno.
Esto, pareciera, tendrá también que ser el tema
central de De La Rua en Argentina, si no quieren que, La Alianza
ya tan “desaliada,” fenezca en las elecciones de octubre del 2001.
Muchas de
nuestras empresas y de nuestros emprendedor, especialmente en
nuestras empresas provinciales o parroquianas, todavía
no comprendieron ni sintieron lo que en realidad es la competitividad
globalizada en la que vivimos, y de la que ninguna de ellas o
ellos, tarde o temprano y más bien temprano que tarde,
podrán escapar. Lo que no comprendieron, es que no tienen
que luchar contra la competencia. Tienen que, positivamente, centrarse
en sus clientes. La atención y vigilancia obcecada de la
competencia, no solo que puede resultar irrelevante, sino que,
seguramente, puede resultar contraproducente. Esto es especialmente
cierto, cuando con la obsesión por la competencia, desatendemos
y descuidamos a nuestros clientes.
Luchar contra
la competencia, significa, para el empresario y sus empleados,
por una parte, un desperdicio tremendo de energías. Y,
por la otra, implica una innecesaria focalización o atención
en las negatividades propias de los intentos de perjudicar o borrar
del mercado a sus competidores. Toda esa energía, es energía
que resta recursos al desarrollo de energías positivas
para satisfacer a sus clientes más allá de sus propias
expectativas y ambiciones.
Nosotros,
aunque nos resulte difícil aceptar o comprender, decidimos
los acontecimientos o series de eventos que van a ocurrir, por
la focalización de nuestra atención. Cualquiera
sea el evento o la circunstancia en la que centremos nuestra atención,
ese evento o circunstancia será la que mayores probabilidades
tendrá de concretarse. Concretamente, si centramos nuestra
energía en combatir al competidor, seguramente pasaran
una de estas dos cosas o las dos al mismo tiempo: Fortaleceremos
a la competencia por la vía de la defensa que asume ante
nuestro ataque o por la vía del debilitamiento de nosotros
mismos al concentrarnos en esas negatividades. O descuidaremos
a nuestros clientes actuales y potencial, al punto de desaprovecharlos
y, en el proceso, perder ventas y oportunidades de crecimiento.
Es como en
los análisis FODA (fortalezas, oportunidades, debilidades,
y amenazas.)En estos análisis, la actitud negativa, reside
en tratar de eliminar o reducir debilidades; o en tratar de eliminar
o eludir amenazas. Por esta vía, llegamos a ensimismarnos
tanto en esas debilidades que queremos eliminar, o en esas amenazas
que deseamos eludir, que, al transformarlas en nuestros principales
focos de atención, las energizamos al punto de favorecer
la permanencia, concreción y crecimiento de esas debilidades
y amenazas.
La actitud
positiva en estos análisis FODA, consiste en centrarnos
en aumentar y aprovechar cada vez más nuestras fortalezas,
por una parte; y, por la otra, en transformar, positivamente,
debilidades en fortalezas, y amenazas en oportunidades realizadas.
Esta actitud positiva, a diferencia de la negativa anterior, energiza
nuestras potencialidades, y, consecuentemente, debilita, de manera
natural y por añadidura a nuestras debilidades y amenazas.
Lo mismo ocurre
en la disyuntiva de combatir competidores o cultivar clientes
extraordinariamente. Cultivando a nuestros clientes extraordinariamente,
desarmamos a nuestros competidores, y especialmente a aquellos
que, de entre ellos, centran sus esfuerzos en combatirnos y en
combatir a los demás. La competencia, en este caso, se
reduce a procurar, positivamente, satisfacer y fidelizar cada
vez más y mejor a nuestros clientes actuales y potenciales.
Una actitud
de esta naturaleza, por una parte, asegura nuestro éxito
individual. Y, por la otra, asegura una sociedad civil también
cada vez mejor y más satisfecha. De igual forma, asegura
que la velocidad y ritmo de nuestro desarrollo aumentará,
toda vez que, como ningún cliente puede satisfacerse de
una vez para siempre, estos nos exigirán cada vez más
y más esfuerzos y realizaciones.
La dinámica
de esta realidad es precisamente ésta; satisfacer cada
vez más y mejor a nuestros clientes, para que éstos,
haciéndose cada vez más exigentes y disconformes,
nos incentiven y logren que realmente nos realicemos individualmente
y como empresarios, cada vez más y mejor.
También
en esta dinámica, por la misma fuerza de las costumbres
lamentablemente adquiridas acumulativamente, la mayoría
de los “emprendedores” y “empresarios” exitosos del pasado y del
presente, flaquearán frente a los competidores nuevos y
capaces de adoptar y realizar las actitudes positivas y no negativas
que exigen las condiciones actuales de la competitividad globalizada.
El peor aliado
o el enemigo más poderoso de estos empresarios de antes,
es el éxito que hasta el momento hayan tenido y acumulado.
Esto es especialmente cierto cuando, en el cambio de los tiempos,
se pasa de periodos de crisis crónica a periodos de bonanza
crónica o extendida. La lucha contra la competencia y muchas
de las actitudes asociadas a esta actitud, rinden más en
épocas de crisis que en épocas de bonanza.
La prueba
de ácido, la prueba crucial de cualquier empresario sostenidamente
exitoso en periodos de crisis, especialmente en países
como Argentina, es adaptarse a la nueva realidad cuando las crisis
menguan o desaparecen. En períodos de crisis, estos empresarios
aprendieron y tuvieron gran éxito, pagando a sus empleados
cada vez menos o lo menos que podían. Estos empresarios
aprendieron y tuvieron éxito, utilizando esas misma crisis
o períodos de agravamiento temporal de las mismas, para
reducir sueldos. Esos mismos empresarios, aprendieron y tuvieron
éxito para no restituir las disminuciones de sueldos cuando
esos periodos de agravamiento temporal se revertían. Esos
mismos empresarios aprendieron más a controlar gastos que
a aprovechar oportunidades. En fin, esos mismos empresarios, aprendieron
y tuvieron éxito, siendo mezquinos y, poco o de manera
alguna, pródigos.
En el cambio
de los tiempos, con la competitividad globalizada, otros son los
actores que entran al juego. Estos nuevos actores, desde dentro
del mismo país o desde fuera del mismo, vienen con un mayor
grado de inclinación favorable hacia las nuevas actitudes
positivas que impone la experiencia de la competitividad globalizada
en proceso de crecimiento y consolidación.
Esto ya se
ha podido ver en algunos casos. Empresarios con la actitud de
antes, frente a esta nueva competencia, llegada en periodos donde
las crisis se menguaron temporalmente, tuvieron éxito y
vencieron a esas competencias. Es cierto, lo lograron porque esos
nuevos empresarios, con sus actitudes positivas y todavía
no sintonizadas a la realidad de esos nuevos parajes, exacerbaron
las apetencias de los clientes potenciales. Luego, con esas demandas
exacerbadas, esos clientes, inconscientemente, no fueron a ellos
sino a los empresarios de antes que, lógicamente, estaban
mejor posicionados en sus mentes de consumidores.
Esta realidad
se dio en varias partes de Argentina y, por supuesto, esos nuevos
competidores internacionales tuvieron retrocesos, especialmente
en el interior del país. Pero, la pregunta es ¿qué
pasa si la situación de Argentina se recupera sosteniblemente?
¿Podrán esos mismos empresarios de antes, continuar
con su éxito anterior si no logran antes adaptarse y asociar
a sus colaboradores, empleados o clientes internos, y, por supuesto,
a sus clientes actuales, ya no más cautivos, sino más
bien cada vez más ávidos de satisfacciones, calidad,
y de servicios cada vez más extraordinarios?
Los empresarios
exitosos de antes, podrán proyectarse y realizarse exitosamente
en el futuro, siempre y cuando, como en el caso de Clinton con
la economía, centren su atención no dividida y concentrada,
como la del haz de luz en rayo láser, en sus CLIENTES,
no en sus competidores.
Y, por supuesto,
los primeros y principales clientes, son sus clientes internos.
No pueden, estos empresarios, subsistir si, frente a un cambio
de los tiempos, no pasan a hacer de sus clientes internos sus
propios socios. Esto ya está pasando en algunos países
desarrollados, y en algunos bolsones de los países emergentes
y en proceso de desarrollo.
Primero los
clientes internos y sus familias, al igual que los dueños
y sus familias. Segundo los clientes que ya existen. Tercero los
recomendados de los clientes que ya existen. Todos los demás
clientes, vienen por añadidura. ¿Cuál es
nuestro principal activo en cualquier empresa? Sin duda alguna,
son nuestros clientes. ¿Cuánto valen nuestros clientes
como activo de la empresa? El valor de ellos como conjunto, es
el valor actual presente combinado de las utilidades que cada
uno de ellos puede dejarnos en un futuro previsible de tiempo
de la vida de nuestros emprendimientos.
¡Estúpido!
¡Los clientes, no la competencia! ¡La grandeza, no
la mezquindad! Esta es la consigna en el cambio de los tiempos
para nuestros empresarios. Esta consigna está bien clara
en los países de vanguardia en este nuevo sistema de competitividad
globalizada. En esos países, muchos de los empresarios
de antes que no fracasaron, generalmente dueños de empresas
de familia, se adaptaron o se salieron de la toma de decisiones.
Los otros, directamente desaparecieron. Se sacaron a sí
mismos de los mercados. Dejaron que los nuevos empresarios, los
de actitud más amplia y progresista, se afianzaran frente
a sus clientes.
En los países
que están entrando en el proceso, sus empresarios de antes,
tendrán que aprender. La manera fácil es el cambio
de actitud y la transformación de esos emprendedores en
gentes de mente amplia, compasivas, solidarias y respetuosas a
ultranza de los demás: SUS EMPLEADOS, SUS CLIENTES, Y SUS
FAMILIAS. La manera difícil, es el seguro fracaso de sus
emprendimientos, y el fortalecimiento natural y por añadidura
de los empresarios nuevos y magnánimos, capaces de centrar
toda su atención no dividida, en sus empleados y clientes.
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