|
|
La capacitación
profesional dentro de 25 años
La concepción tradicional de qué
es y, sobre todo, qué debe ser y qué no debe ser la
formación para la capacitación profesional, se enfrenta
desde hace algunos años a un apasionante y, sin duda positivo,
proceso de cambio. Desde todos los ámbitos implicados se
están realizando importantes aportaciones para que la enseñanza
universitaria y de postgrado que actualmente se imparte avance por
la vía de la innovación para convertirse en la mejor
garantía del desarrollo futuro de nuestra sociedad.
Con esta intención, las instituciones educativas
han abierto ya el camino para convertirse en entornos más
abiertos, más participativos, más relacionales, más
vinculados y cercanos a su contexto comunitario, aproximándose
a aquello que probablemente serán dentro de 25 años.
Pero al recrearnos en la educación del futuro, surgen también
otros ideales que ya se inician tímidamente pero que serán
nuestro día a día, cuando, dentro de unos años,
todos seamos, sin duda, un poco más viejos... ojalá
también algo más sabios.
Una nueva concepción de la ciencia abandonará
el excesivo rigor academicista y comenzará a educar a los
alumnos en una mayor tolerancia hacia la incertidumbre y la aceptación
de múltiples y cambiantes variables científicas. Este
sentido de la tolerancia irá también acompañado
de una arraigada educación en valores éticos, porque
el desarrollo de nuestra sociedad futura, con ciudades cada vez
más grandes y complejas, hará imprescindible un profundo
respeto por el otro, por la diversidad cultural, y por el medio
ambiente.
Estamos ya inmersos en una abundancia de información
que se acentuará en el futuro. Por eso, el papel de los alumnos
–durante un proceso de aprendizaje que durará toda
su vida- requerirá una excepcional habilidad para captar
datos, para obtener recursos desde múltiples fuentes, pero
sobre todo, para ser capaces de organizar y categorizar esta información
y convertirla en conocimiento cuando fuese necesario.
Ese trabajo de segmentación y agrupación
significativa de datos e información se entrenará
desde la infancia hasta convertirse en un hábito para la
mente humana, estableciendo así la base de todas las destrezas
necesarias para lo que será su actividad fundamental: convertir
la información en conocimiento práctico, aplicable
a la solución de problemas complejos en entornos cambiantes.
El profesional de éxito del futuro será
aquel que esté acostumbrado no sólo a hacer algo muy
bien, sino a hacerlo teniendo en cuenta todas las variables que
puedan afectar esa actividad, y no sólo aquellas que ya conoce,
sino las que de manera imprevista pudieran surgir. Sea cual sea
su rama profesional, el futuro pasará por convertirnos en
lo que a mí me gusta llamar “analizadores simbólicos”,
personas que escrutan, analizan y actúan en su entorno en
función de múltiples y muy diversas variables.
Esta capacidad de adaptación, junto con
la creatividad, la innovación, la habilidad para trabajar
en equipo o la predisposición al aprendizaje continuo, serán
las principales virtudes que la enseñanza del futuro debería
inculcar a sus alumnos.
La agilidad en las actividades anteriormente descritas
será crucial. Por ello, dispondremos de dispositivos tecnológicos
multiformato, cuyo grado de desarrollo irá creciendo hacia
la máxima personalización y adaptabilidad a los procesos
naturales de comunicación y de procesamiento de información
humana.
La simplicidad de la tecnología permitirá
incorporarla en nuestras vidas en función de nuestras necesidades.
Será, como las prendas de vestir, imprescindible, ligera
y adaptable a distintos momentos y situaciones, pero, en ningún
caso, algo ajeno a lo que me gusta llamar la “dimensión
funcional” de la vida, que incluye, sin duda, el entorno personal,
familiar, social, académico, profesional y laboral... en
distintas facetas.
La tecnología será vehículo para la interpretación
de la realidad y como tal deberá facilitar las actividades
humanas, entre ellas la de actualización y adquisición
de conocimiento. Conocimiento, que estará basado en el aprendizaje
continuo y en una formación desarrollada mediante programas
“just-in-time” y bajo demanda.
Universidades, escuelas de negocios y centros de
formación de postgrado deberán estar preparadas para
formar continuamente a alumnos de perfiles profesionales desdibujados,
pero con necesidades educativas específicas. Para lograrlo,
estos centros de enseñanza deberán mantener un contacto
estrecho y directo con el mundo empresarial, con el fin de que las
rápidas transferencias de innovación que se producen
en el sector profesional, discurran parejas y a la misma velocidad
en universidades y centros académicos.
Esto, sin duda, cambiará también
el papel que desempeñan los docentes, quienes lejos de ser
una fuente unívoca de conocimiento, serán conductores
y orientadores del conocimiento de sus alumnos con una buena dosis
de empatía y comunicación.
Desde luego que todo lo descrito no es un cambio
drástico, porque no será la naturaleza humana la que
cambie, sino su entorno. La capacitación profesional que
habrá de servir para actuar sobre ese entorno, agudizará
algunas improntas del comportamiento humano, potenciando unas habilidades
y limitando otras.
Se trata, en definitiva, de un proceso de adaptación
como en tantas otras etapas de la historia. Quizá lo más
significativo es que en esta ocasión la formación
y la capacitación profesionales serán no sólo
un receptor y un efecto de la necesidad de adaptación a la
evolución, sino que jugarán un papel estelar como
inductor del propio cambio evolutivo.
|