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Reflexiones
de un Consultor
Quienes me conocen
bien saben que uno de mis defectos es decir siempre lo que pienso,
no guardarme las cosas que creo que debo decir, aunque más
de una vez esa forma de ser me cause problemas. Pero, ¿qué
le voy a hacer? Cada uno es como es. Y ya tengo demasiados años
para cambiar. Y tampoco me ha ido tan mal siendo así, ¡qué
demonios!
Pero vamos
al grano. Este preámbulo viene a colación de una reflexión
que hoy quiero compartir con todos mis lectores. Una reflexión
que procede de una experiencia profesional que se repite de forma
constante. Una reflexión que quizás pueda provocar
el enfado de alguno de mis clientes. Pero estoy dispuesto a asumir
ese riesgo porque creo que escribir este artículo cada semana
desde hace casi dos años me obliga a utilizar esta plataforma
de difusión para aportar consejos y experiencias útiles
para mis lectores.
Como consultor,
desarrollo mi actividad ayudando a mis clientes a diseñar,
implantar y promocionar sus negocios en Internet, y eso ha hecho
que durante los últimos años me haya visto involucrado
en cerca de veinte proyectos diferentes. Y, curiosamente, en todos
ellos se ha producido de manera sistemática un fenómeno
similar que presenta una doble vertiente.
Me refiero a
esa obsesión que tiene el emprendedor inexperto por tener
su web completamente terminada, casi en un estado de perfección
absoluta, antes de sacarla a la red. Y, casi sin solución
de continuidad, el total desinterés al que se abandona tan
pronto la web está funcionando.
¿Cómo
comprender actitudes tan contradictorias? ¿Acaso se trata
de un problema de esquizofrenia? ¡En absoluto! ¿Quizás
esconden una doble personalidad? ¡Seguro que no! ¿Tal
vez un repentino ataque de locura? ¡Ni mucho menos! Entonces...
¿por qué se comportan así? La única
explicación que le encuentro es el desconocimiento generalizado
que existe en los empresarios sobre cómo funcionan las cosas
en Internet.
Muchas veces
me pregunto si la culpa no será mía, por no saber
explicarles adecuadamente a mis clientes en dónde se están
metiendo y cómo se deben hacer las cosas. Y créanme
que lo intento, pero a tenor de los resultados es evidente que en
muchos casos no lo consigo.
Y sin embargo,
la teoría es muy fácil, no hace falta escribir largos
tratados para explicar la base del problema a que me estoy refiriendo.
Basta con comprender que "un sitio web nunca está totalmente
terminado".
Si aceptamos
como válido este principio, y cualquiera que tenga experiencia
en la red sabrá que es una especie de dogma indiscutible,
es evidente que no se puede pretender tener la web perfectamente
terminada antes de colgarla en la red. Porque si esperamos a ese
momento no podremos abrirla nunca.
Un sitio web
de nueva creación debe estar operativo en la mayor parte
de sus prestaciones, yo diría que debe estar "suficientemente
presentable" para sacarlo a la luz. Y a partir de ahí se
inicia un proceso interminable de constantes ajustes y mejoras,
una camino sin fin de probar, añadir y quitar elementos,
contenidos y prestaciones para hacerlo cada día un poco mejor.
Es más
que frecuente que una web diseñada sobre el papel, construida
sobre la teoría, pero no probada en la práctica, al
poco tiempo de entrar en funcionamiento deba sufrir cambios radicales
en su estructura, contenidos y funcionalidad como consecuencia de
la experiencia que vamos obteniendo de quienes la visitan.
Por desgracia,
crear un negocio en la red no es una ciencia exacta. O quizás
sea un suerte, ya que lo contrario sería muy aburrido. Pero
hablando en serio, una de las servidumbres que el empresario debe
asumir y aceptar cuando entra en Internet es que no hay reglas fijas,
y las pocas que hay cambian de forma constante. Estamos creando
algo (un sitio web) para intentar ganarnos el favor de los clientes.
Unos clientes que no conocemos, que están dispersos por medio
mundo, a los que jamás les veremos sus caras, de los que
apenas sabemos nada. Y aun así, tenemos que ser capaces de
crear algo que les guste, que les atraiga, que les interese y que
les convenza para que se gasten su dinero con nosotros. ¿Puede
haber alguien tan insensato como para pretender que eso se pueda
conseguir al primer intento?
Pero aún
hay más. Porque suponiendo que tuviéramos la suerte
de acertar a la primera, los gustos cambian, los hábitos
cambian, los productos cambian, los precios cambian, la competencia
cambia... ¡Internet es un torbellino de constantes cambios!
Por eso, aunque hubiéramos tenido la suerte de acertar con
nuestro primer diseño, ¿cuánto nos duraría
ese éxito? ¿Un mes...? ¿Cinco? ¿Doce?
Un año en Internet es una eternidad, y a pesar de todo, hay
muchos propietarios de sitios web que en un año, o incluso
más, no han movido ni una coma de sus sitios web. ¿Y
todavía se preguntan por qué sus negocios virtuales
no funcionan? ¿Todavía se cuestionan si hicieron bien
entrando en la red? ¿Aún no se han dado cuenta de
en dónde está la raíz del problema?
Lo diré
de otra manera, utilizando un ejemplo. Un gran almacén de
diez plantas, digamos El Corte Inglés, mantiene su estructura
física inamovible durante muchos años. Pero... ¿cada
cuanto tiempo cambian sus promociones comerciales? Cada mes, o incluso
cada quince días. ¿Con qué periodicidad renuevan
sus escaparates? Prácticamente cada semana ¿Y sus
anuncios publicitarios en los medios de comunicación? No
menos de cuatro o seis veces al año. Y si ellos lo hacen,
a pesar de ser una de las empresas que más dinero factura
en España y que mayores beneficios consigue, a pesar de tener
una clientela absolutamente fiel y una enorme masa de clientes,
¿por qué no hemos de hacerlo nosotros en nuestra pequeña
tienda virtual?
Me produce una
enorme tristeza ver proyectos en los que yo he intervenido convertidos
en lugares llenos de polvo y telarañas, con referencias a
acontecimientos que tuvieron lugar hace un año, anunciando
promesas que nunca se cumplieron, como inmensos cadáveres
que flotan en el ciberespacio.
Amigos propietarios
de sitios web, ni tanto... ni tan poco. No se debe tener tanta exigencia
con la primera versión de la web, porque al fin y al cabo
es una primera tentativa para empezar a tomarle el pulso a la red.
Pero tampoco se debe descuidar de esa manera tan absoluta el proyecto
virtual tan pronto empieza a caminar.
Invertir en
Internet es obligarse a atender un negocio de por vida. Y quien
no sepa o no quiera entenderlo así, es preferible que siga
haciendo negocios en otros mercados. Aunque eso le cueste asumir
que está renunciando a jugar en el terreno en donde se dilucidarán
las grandes batallas económicas de los próximos años.
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