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La
esquizofrenia de la Unión Europea
Las contradicciones
en que se debaten los distintos organismos de la UE y ese constante
dar palos de ciego sin ninguna coherencia me hacen pensar, no sé
por qué, en el famoso "Principio de Peter", aquel que decía
que "todos las personas tienden a subir en la escala profesional
hasta alcanzar su nivel de incompetencia", es decir, hasta que se
sientan en un sillón que les viene grande, ocupando unas
funciones y responsabilidades para las que no están preparados
y, en consecuencia, no son capaces de desempeñar con eficacia.
Porque eso es lo que parece ocurrirles a los próceres de
la política europea cuando se ponen a legislar sobre Internet.
Y es que en
menos de una semana nos hemos desayunado con varias noticias incongruentes
y contradictorias. De una parte, la Comisión Europea ha frenado
en seco el proyecto de ley presentado por el parlamentario británico
Michael Cashman para acabar con el "spam", gracias a una enmienda
que implica que las empresas europeas no tendrán que pedir
permiso a los internautas para enviarles publicidad. Y aunque este
cambio tiene que ser ratificado por el Parlamento Europeo en septiembre,
no se espera ninguna modificación. A pesar de que este nuevo
planteamiento va a afectar de forma significativa a la nueva legislación
sobre la restricción de datos para detener la evolución
de los delitos on-line.
Por otra parte,
el Comité de Libertades Civiles del Parlamento Europeo ha
aprobado un informe de Marco Cappato, uno de sus miembros más
radicales, en el que se solicita una restricción de los poderes
de las autoridades policiales para acceder a los datos personales
relacionados con las actividades y el tráfico en Internet.
Otro cambio que tira por tierra los planes del Parlamento Europeo
para evitar la repetición en Europa de un fenómeno
como el espionaje del "caso Echelon".
Y para terminar
de poner la guinda sobre este extraño pastel, nos enteramos
que el Proyecto de la Convención del Cibercrimen que pretende
aprobar el Consejo de Europa trata por igual asuntos tan diversos
como el terrorismo, el tráfico de drogas, la pornografía
infantil y, ¡asómbrense, amigos!, la descarga de música.
Porque según este proyecto, las violaciones de propiedad
intelectual serán tratadas como el ciberterrorismo o la pedofilia.
Y no importa si usted ha montado otro Napster con fines comerciales
o simplemente le ha enviado una canción digitalizada a su
novia para felicitarle por su cumpleaños. El delito será
el mismo.
No cabe duda
de que detrás de este disparate legislativo se puede ver
la mano negra de las multinacionales que pretenden estrangular cualquier
movimiento de intercambio de música, software o contenidos
de cualquier tipo. Y es comprensible que defiendan sus intereses,
lo lamentable es que las instituciones europeas les sigan el juego.
No hay nada
más peligroso que unos ignorantes con capacidad para legislar,
porque si al menos se dejaran aconsejar por profesionales independientes,
los proyectos de ley tendrían coherencia. Pero tener por
consejeros a las multinacionales, es como poner la zorra a cuidar
de las gallinas.
Y si no, que
aprendan de EE UU, en donde hace tiempo tomaron la decisión
de no legislar sobre Internet. Y a la vista está lo bien
que les va.
Pero, claro,
la enorme legión de políticos europeos que disfrutan
de sueldos multimillonarios a costa de nuestros impuestos tienen
que justificarse de alguna forma. ¡Con lo guapos que están
callados!
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