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¿Empresarios
o Especuladores?
El tiempo y
la distancia suelen aportarle a las cosas su verdadera perspectiva
y su valor real. Por eso es tan difícil emitir un juicio
sobre hechos cercanos que nos mantienen el ánimo encendido
y no nos dejan reflexionar con la serenidad que sería deseable
para ser ecuánimes. Sin embargo, hay cosas que se ven venir,
y una de ellas, a la que nos hemos referido en otras ocasiones,
es la diferencia existente entre un empresario y un especulador
y las consecuencias que acarrea para los inversores no saber distinguirlos.
El empresario es la persona que se juega su propio patrimonio para
montar un proyecto que le permita desarrollar su sueño y
aplicar sus conocimientos y experiencia en un determinado sector
de actividad, crear riqueza y puestos de trabajo, sentirse dueño
de su propio destino, hacer las cosas como él cree que se
deben hacer, tener la libertad de equivocarse por sí mismo
y, en definitiva, poder legarle a sus hijos ese negocio en el que
se dejó media vida y del que se siente muy orgulloso.
Por el contrario,
el especulador no suele apostar un céntimo sobre sí
mismo ni sobre su proyecto, lo suyo es jugar con dinero ajeno, convencer
a inversores para que pongan el dinero que él se ocupará
de gastar, es un experto en vender humo a diestro y siniestro, en
liar a todo el que sea tan insensato como para escucharle más
de diez minutos. Pero sobre todo, es un especialista en ingeniería
financiera, en movimientos especulativos en Bolsa, en la creación
de entramados de empresas que nadie puede descifrar, en "stock options",
en paraísos fiscales y en retribuciones milmillonarias que
le permiten salir indemnes del fracaso empresarial a que suelen
llevar todos sus proyectos después de haberse llenado los
bolsillos.
Sin embargo,
la culpa no la tienen ellos, la responsabilidad es de quien les
da su confianza una y otra vez para que gestionen cuantiosos patrimonios
permitiéndoles todo tipo de fechorías. Y es que, en
el fondo, estos especuladores son gente encantadora. Hablamos, cómo
no, de la tan traída y llevada burbuja Internet y sus consecuencias
que todavía colean y lo seguirán haciendo durante
mucho tiempo. Y también hablamos de personajes siniestros
que no dudan en engañar a quien se les pone por delante con
tal de seguir acumulando millones. Y todo esto viene a cuento porque
en los últimos días han saltado a la luz dos noticias
que presentan el mismo perfil.
La primera
se refiere a Amazon, el paradigma del comercio electrónico,
la mayor tienda virtual de la red, aunque jamás generó
un solo dólar de beneficio, y que, según muchos analistas,
está al borde de la quiebra. Sin embargo, eso no ha sido
un obstáculo para que Jeff Bezos, su fundador y actual presidente,
se haya embolsado más de 30 millones de dólares (unos
5.500 millones de pesetas) vendiendo en Bolsa acciones de su compañía
a precios "hinchados artificialmente". Al menos eso es lo que dice
la demanda que han presentado un grupo de accionistas contra la
empresa y sus principales directivos por falsear la información
financiera de la compañía. Una demanda que viene a
sumarse a otra que presentó otro grupo de accionistas por
el mismo asunto hace un par de semanas.
Concretamente,
las demandas se refieren a que en los estados financieros de Amazon
Commerce Network (ACN) presentados ante las autoridades bursátiles
se establecía la "generación de un flujo de ingresos
de alto margen", cuando la realidad era que se estaban perdiendo
millones de dólares.
Gracias a las
consecuencias que esa información tuvo en la cotización
de las acciones de Amazon, Bezos pudo sacar a la venta un paquete
de acciones y embolsarse esos 30 millones de dólares. Al
fin y al cabo, ¿para qué va a mantener sus acciones
si la compañía que dirige está a punto de quebrar?
Y casi simultáneamente
hemos sabido que Priceline.com ha sido también demandada
por un grupo de accionistas por una situación similar. Maniobras
oscuras, acuerdos secretos, comisiones bajo cuerda, todo vale con
tal de elevar la cotización de forma fraudulenta para engañar
a los pobres inversores que se dejan seducir por la ilusión
de fáciles ganancias.
Y para los desmemoriados
hay que recordar que, antes de estas dos, otras empresas muy conocidas,
como Nortel Networks, Oracle o World Online, habían seguido
el camino de los Tribunales por situaciones similares.
¿Cuándo
se acabará esta situación? La respuesta es sencilla.
Cuando los inversores despierten de esa especie de estado hipnótico
en que parecen estar sumidos y empiecen a comprender que la Bolsa
no es un mercado de futuros sino de realidades, que hay que invertir
en empresas rentables, que estén generando beneficios, que
tengan bases sólidas, que trabajen sobre realidades en vez
de jugar con los inversores al cuento de la lechera. En definitiva,
empresas y directivos que dediquen su tiempo a crear riqueza y no
a construir castillos en el aire para engañar incautos.
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