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NAPSTER:
¿HÉROE O VILLANO?
Sorprende la
volatilidad de las opiniones en Internet. La rapidez con que cambia
la percepción que tenemos de empresas y personas en la red
hace que los que hoy son héroes puedan mañana convertirse
en villanos, y viceversa, dependiendo de dónde sopla el viento.
O para ser más exactos, dependiendo de los intereses de cada
hijo de vecino. Y el ejemplo más evidente lo hemos tenido
estos días con el asunto Napster.
El original
negocio (por llamarlo de alguna forma, porque en toda su existencia
no ha ingresado un solo dólar) que montó hace algo
más de un año un joven de 19 años llamado Shawn
Fanning, consistente en proporcionar gratuitamente un software y
un servicio centralizado de búsquedas que permite el intercambio
indiscriminado de ficheros de música, se había convertido
en el enemigo mortal de las compañías discográficas,
que veían como se escapaban sus beneficios por el pozo sin
fondo de la reproducción incontrolada de sus grabaciones.
Apenas siete
meses después de comenzar a funcionar, Napster recibió
la primera demanda judicial por parte de la RIAA, asociación
que agrupa a las principales compañías discográficas,
aduciendo que Napster practicaba la piratería, por cuanto
facilitaba una forma de eludir el pago de los derechos de autor.
Pero no sería la última, porque a esta seguirían
otras, como la del grupo Metallica. Desde entonces, las batallas
judiciales se han sucedido con alternativas a favor de ambos bandos.
Sin embargo, cuando parecía que por fin iba a producirse
el final del culebrón Napster en base la sentencia judicial
que seguiría a la vista oral iniciada el 2 de octubre pasado,
se ha producido un hecho insólito, por lo inesperado, que
ha trastocado completamente el panorama de la música en la
red. Y ese hecho no es otro que la alianza anunciada el pasado 31
de octubre entre el grupo alemán Bertelsmann, propietario
de la discográfica BMG, una de las partes demandantes en
el juicio, y Napster.
No hay que ser
muy listo para darse cuenta de que el objetivo de Bertelsmann es
hacerse con los 38 millones de usuarios del servicio Napster para
su filial BMG, y que su golpe de mano ha desconcertado a los que
hasta ahora eran sus compañeros de viaje en la demanda judicial,
que aún no se han repuesto de la impresión y, por
tanto, no se han atrevido a hacer declaraciones oficiales. Porque,
según han declarado, lo que BMG pretende es convertir Napster
en un servicio "legal" que, mediante una pequeña cuota mensual
estimada inicialmente en 5 dólares USA (casi mil pesetas/mes),
permita a los usuarios utilizar el servicio de forma controlada
y hacer frente al pago de los derechos de autor. Y, para eso, BMG
pretende llegar a acuerdos con el resto de empresas discográficas,
ya que de no hacerlo, sólo podría servir música
de aquellos autores que estuvieran bajo su directo control. Algo
que no parece demasiado atractivo.
Hasta aquí
los hechos. Al menos lo que se sabe hasta ahora. Pero este acontecimiento,
que trastoca todo el esquema de fuerzas de la música en Internet,
tiene ciertos puntos oscuros y da pie para hacer algunas reflexiones.
La primera gran
incógnita es si el resto de las discográficas estarán
dispuestas a entrar en el juego de BMG-Napster o seguirán
adelante con su demanda judicial para intentar aplastar al joven
villano que ha sido su pesadilla durante este último año.
Y la segunda es saber cómo reaccionarán esos apetitosos
38 millones de usuarios que, acostumbrados a un servicio gratuito
y sin ningún tipo de control, ahora tendrán que pasar
por caja y someterse a ciertas normas restrictivas que impidan el
reenvío indiscriminado de los ficheros musicales.
Pero al hilo
de estos sucesos que han convulsionado a un importante sector empresarial
y a un importantísimo número de internautas, hay un
par de reflexiones que no quiero pasar por alto. La primera se refiere
a cómo, en apenas un instante, un "pirata" al que se ha denostado
con los más duros adjetivos y contra el que se está
litigando en un proceso judicial para aplastarlo sin piedad y cerrar
su actividad en la red, puede convertirse en un socio digno de todos
los elogios. ¿Qué ha cambiado en apenas unas horas
para que el villano de ayer sea el héroe de hoy? ¿O
es que sólo por el hecho de que ahora disponemos de su inmensa
base de datos de usuarios, el apestado de ayer ha comenzado a oler
bien y podemos sentarlo a nuestra mesa?
Sin duda, la
conclusión a que hay que llegar, aunque desde un punto de
vista ético no nos guste en absoluto, sea que el mundo de
los negocios tiene anchas tragaderas cuando hay un buen beneficio
a la vista.
Y la segunda
reflexión deriva del injusto, e incluso absurdo, comportamiento
de los usuarios de Napster, que han colapsado los servidores de
correo de su hasta ahora sitio favorito, protestando airadamente
contra lo que consideran una traición. Unas protestas que,
en muchos casos, han llegado incluso hasta las amenazas de muerte
contra el fundador de Napster. Una reacción ridícula
que si no fuera preocupante por el tono y el número de los
amenazantes mensajes recibidos, debería incitarnos a la risa.
¿Pero qué se han creído los usuarios de Napster?
¿Es que acaso el hecho de haber disfrutado de un servicio
gratuito durante más de un año les da algún
derecho a decidir sobre el futuro de esa empresa? ¿Por qué
en lugar de estar agradecidos a quien les proporcionó servicio
y diversión sin pedirles nada a cambio, ahora le amenazan
con los males del infierno? Es realmente preocupante ver el nivel
de egoísmo que existe en un alto número de internautas,
que consideran que tienen derecho a todo sin que ellos tengan que
dar nada de su parte.
Si yo fuera
psicólogo, me encantaría hacer un estudio para intentar
averiguar por qué cambia la forma de reaccionar de las personas
cuando se esconden tras el anonimato de una dirección gratuita
de correo electrónico, pasando de ser personas amables y
cordiales a convertirse en déspotas y maleducados que creen
que tienen derecho a todo por el simple hecho de utilizar unos servicios
que se le ofrecen gratuitamente.
Probablemente
se produce el mismo fenómeno del caballero amable que le
cede el paso a una señora al cruzar una puerta, y diez minutos
más tarde, cuando va al volante de su coche insulta de la
forma más grosera a esa mismo mujer porque intentaba cruzar
la calle por un lugar indebido.
Misterios de
la naturaleza humana.
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