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Hablemos de “fluir”,
según Csikszentmihalyi
He leído recientemente que algunos expertos del management hablan de “fluir”, dentro de una familia de términos (influir, confluir…) relacionados con el liderazgo, de modo que, según esta visión, el liderazgo de equipo consiste en conseguir que los colaboradores “fluyan”, lo que parece significar que “den lo mejor de sí mismos”. La verdad es que de “fluir” y de “flujo” se habla bastante, y especialmente desde que el profesor Ciskszentmihalyi bautizó así los estados de euforia del alto rendimiento que venía estudiando. Me ha parecido oportuno recordar, con el lector interesado, las características del estado de “flujo”, por su relación con la calidad de vida en el trabajo y, en general, con el disfrute en nuestras vidas; pero, obviamente, “fluir” seguirá teniendo los significados que otorgue el diccionario, y los que legítimamente otorgue cada usuario del verbo.
Consciente de que en nuestro desempeño profesional podemos alcanzar mayor calidad de vida sin perjuicio del rendimiento, e incluso en beneficio de él, me interesé hace años por la psicología de la felicidad y el Positive Psychology Movement . Primero leí algunas cosas de Csikszentmihalyi e incluso llegué a intercambiar algún mail con él, recién instalado en California; y también leí luego La auténtica felicidad , de Seligman. Hay buenos libros sobre todo esto, pero yo suelo releer Fluir , de Mihaly Csikszentmihalyi: un libro que fue muy comentado cuando apareció en los 90, y de cuyo contenido encontramos referencias en muchos otros autores, incluidos los que escriben sobre la inteligencia emocional en el trabajo. Creo que este autor, y quizá sin proponérselo, se ha convertido en una referencia también en el mundo del management y los recursos humanos, y tampoco habría que perderse su libro Creatividad , ni los más recientes.
Me propongo comentar el contenido de Fluir en lo que más se aproxima a nuestro mundo de los recursos humanos. Dejando una más detenida síntesis a cada lector del libro, resumo aquí algunos de los mensajes del autor, prestigioso psicólogo norteamericano de origen húngaro, tras su prolongado estudio de los momentos en que nuestro rendimiento fluye sin que nos suponga esfuerzo, al tiempo que nos sentimos concentrados en la actividad porque nos gusta, perdemos la noción del paso del tiempo y experimentamos una cierta euforia. Es el automotivante estado de “flujo” o de “fluidez” (según traduzcamos el sustantivo flow ), que puede darse en el ocio, pero también en el trabajo, y cuyos más visibles enemigos son la apatía y la ansiedad. Obviamente, nos sentimos atraídos por las actividades que nos llevan al “flujo”.
Vale la pena identificar bien los estados de flujo, porque podemos propiciarlos y llenan de disfrute nuestra actividad. Según las declaraciones recogidas en el estudio, de estos momentos o estados podemos decir:
- Se producen cuando encaramos desafíos que podemos asumir.
- Estamos absolutamente concentrados en la actividad.
- Hay metas claras que conseguir, y las conseguimos.
- La actividad nos procura realimentación inmediata.
- Nos parece que estamos superando el reto con sorprendente facilidad.
- Nos despreocupamos de los riesgos o peligros que la actividad conlleva.
- Perdemos la noción de nosotros mismos.
- El sentido de la duración del tiempo se altera.
- La actividad viene a constituir un fin en sí misma.
- Sentimos cierta íntima euforia de triunfo.
Ya se ve que se trata de un estado de disfrute, en que nos sentimos flotar o fluir, y que no debemos confundir con otros estados de felicidad, fruto de buenas noticias o de situaciones meramente placenteras. Y eso pretendemos: disfrutar todo lo que podamos, también en nuestro desempeño profesional; toda la organización se beneficiaría de ello. Lógicamente, no podemos estar en flujo durante toda la jornada de trabajo, pero la actividad nos resulta, en general, gratificante mientras nos produzca suficientes momentos de fluidez.
Una primera reflexión nos brota, y es lo fácil que resulta, para quien quiera y pueda, cerrar a otra persona el acceso al flujo: basta con situar a la víctima en un puesto en que se aburra por la simplicidad del trabajo, o que se estrese por las dificultades que encuentra. Pero por aquí llegaríamos al mobbing , y de lo que nos habla el libro es del flujo. Pensemos, por consiguiente, que todos estamos bien colocados en nuestra zona de desafío asumible, y, a partir de ahí, propiciemos la aparición de este estado de disfrute. El autor nos dice que el elemento clave de esta experiencia óptima es que tiene un fin en sí misma, es decir, que es autotélica.
Hay actividades más autotélicas que otras, y podemos pensar que un viaje en avión parece más bien exotélico, mientras que sí hay autotelia en un trayecto en globo. Y también hay trabajos más autotélicos que otros; veamos: en principio, el disfrute de que hablamos es más frecuente entre los cirujanos que entre los abogados, entre los docentes que entre los camareros, entre los diseñadores que entre los operarios de taller, entre los escritores que entre los encargados de la seguridad. Pero unos camareros son más felices que otros, y todos podemos encontrar algún atractivo oculto en tareas rutinarias. Cabe, ciertamente, hablar asimismo de personalidad autotélica: la de quienes mejor saben situarse en el aquí y ahora, y encontrarle algún atractivo.
No debe sorprendernos que haya personas que encuentran más atractivo su trabajo que su ocio; de hecho, aunque demos por supuesto que no cabe ni plantearse tal cosa, los estudios de Csikszentmihalyi (léase Chicsentmijái, más o menos) muestran a muchas personas que reconocen más momentos de flujo en su jornada laboral. Sin perderse en ello, el autor acude a la psicología de la atención, para señalarnos a ésta –a la atención– como herramienta más importante en el propósito de mejorar la calidad de vida. La atención determina lo que aparece en nuestra conciencia y gobierna el funcionamiento de la mente: viene a ser una especie de energía psíquica a controlar. Podemos controlar esta energía, desperdiciarla o sucumbir ante ella; en buena medida, a cada uno nos define el modo en que utilizamos nuestra atención. El libro nos proporciona algunas claves o reglas para utilizarla en el desarrollo de una personalidad más autotélica, pero no las reproduzco. No se enfaden conmigo: me lo agradecerán si leen o releen el libro. Mi impresión es que se trata de un libro a releer, porque no se puede aprovechar del todo en una primera lectura.
Bueno, una pista les daré: ¿han notado lo que nos nutre, lo que nos satisface, la consecución de metas, de logros? El autor incluye ejemplos, pero seguro que se nos ocurren a todos. Quien esto escribe hace más llevaderos, desde hace tiempo, los largos viajes por carretera, poniéndose metas parciales. Siempre soy consciente de cuándo he hecho los primeros 100 km, de cuándo estoy a mitad de camino, de cuándo alcanzo la mitad de lo que me quedaba... No me acelero, pero me felicito a mí mismo en cada meta parcial hasta llegar al destino: confío en que no me consideren chiflado. Quizá el profesor Csikszentmihalyi no utiliza nuestro lenguaje empresarial, pero me parece que también viene a decirnos que saboreemos los buenos momentos; ya sabemos todos cuidarnos de los graves peligros de la complacencia, pero el savoring sí parece que nos está permitido.
Para terminar estos comentarios, quiero decirles que me detuve en el libro especialmente en lo relacionado con el aprendizaje permanente a lo largo –y ancho– de la vida. No había mucho flujo en el aprendizaje extrínsecamente motivado en nuestra niñez y juventud universitaria, y el autor habla de que nos sentimos liberados tras nuestra etapa curricular; sin embargo, viene a añadir que podemos encontrarnos entonces con la satisfacción de aprender, si desarrollamos la motivación intrínseca para hacerlo. Seguro que al lector le resulta familiar esta sensación. Disfrutemos entonces aprendiendo, y descubriendo las ventajas de hacerlo; A uno, básicamente consultor de formación, le gustaría extenderse en este punto del aprendizaje, pero nos desviaríamos. Céntrense en el propio contenido del libro, que, de entrada, ensancha nuestros horizontes y enfoca nuestra observación; luego podemos avanzar por las puertas que nos va abriendo...
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