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Más allá del conocimiento, la intuición
Por:
José Enebral Fernández.
Constituye un valioso recurso para los seres humanos
y, quizá de manera especial, para los empresarios y directivos.
Muchos, como Bill Gates, lo admiten abiertamente: “A menudo
te tienes que guiar por la intuición”. Se viene ciertamente
reconociendo que a la intuición corresponde un papel de creciente
importancia en la toma de decisiones por los altos directivos, de
modo que este proceso subconsciente —en buena medida desconocido
y del que pueden brotar trascendentes revelaciones— ocupa
un lugar incuestionable en el management. Las escuelas de negocios
no parecían ocuparse mucho de la intuición, pero podía
ser tanto por la dificultad de desarrollarla como por el riesgo
de generar un tipo de líderes visionarios que, dejándose
llevar por una pretendida intuición, desatendieran el cultivo
de la capacidad de análisis y de la prudencia. Como seguramente
no es intuición todo lo que reluce, los expertos nos invitan
a reconocer la intuición cuando se presenta, y nos piden
que no cerremos las puertas a la razón y al conocimiento
explícito.
Mediante algunas definiciones de diccionario, podemos hacer una
primera aproximación al concepto que nos ocupa: “Facultad
de conocer, o conocimiento obtenido, sin recurrir a la deducción
o razonamiento”, “Percepción clara, íntima,
instantánea de una idea o verdad, como si se tuviera a la
vista y sin que medie razonamiento”... Sí, digamos
ya que nos podemos referir a la intuición como cualidad de
los intuitivos, como acción de intuir y también como
mensaje intuido. Pero algunos expertos nos permiten profundizar
en el fenómeno: Carl Jung insiste en que la intuición
no es contraria a la razón, sino que reside fuera de la misma;
Weston Agor se refiere a la intuición como “capacidad
de integrar y utilizar la información almacenada en ambos
lados del cerebro”, y nos dice también que “las
señales intuitivas se transmiten en forma de sentimientos”;
Burke y Miller sostienen que “la intuición resulta
de un proceso mental subconsciente, que se sustenta en la historia
anterior del individuo”; Jagdish Parikh habla de “acceso
a la reserva interna de pericia y experiencia acumulada durante
años, y obtención de una respuesta, o de un impulso
para hacer algo, o de una alternativa elegida entre varias, todo
ello sin ser consciente de cómo se obtiene”; Vaughan
parece ir más lejos: “La intuición nos permite
recurrir a la enorme provisión de conocimientos de los que
no somos conscientes, incluyendo no sólo todo lo que uno
ha experimentado o aprendido intencionada o subliminalmente, sino
también la reserva infinita del conocimiento universal, en
la que se superan los límites del individuo”. Obsérvese
que, aunque no todos los expertos lo vean inicialmente así,
Frances Vaughan contemplaba la intuición como fenómeno
colectivo: quizá vale la pena reflexionar sobre ello.
Pero son muchos los expertos que se han ocupado
del tema: Herbert Simon sostiene que la esencia de la intuición
yace en una organización del conocimiento tácito que
permita su rápida identificación y transformación
en conocimiento explícito; para Sorokin existen tres formas
de verdad: la sensorial, la racional y la intuitiva; Robert K. Cooper
apunta que la honradez emocional favorece sensiblemente la intuición
y que ésta, entre otros efectos, nutre la empatía;
también Janice Redford y Robert McPherson relacionan decididamente
la intuición y la empatía, y recuerdan que las personas
intuitivas pueden observar un conflicto desde la perspectiva de
cada parte; Peter Senge dice que “los individuos dotados de
elevado dominio personal (una de sus conocidas “disciplinas”)
no se plantean elegir entre la razón y la intuición,
como tampoco se les ocurriría caminar con una sola pierna
o mirar con un solo ojo”; y, por si quedara duda, Einstein
decía que “la intuición es lo único que
realmente vale”. Ya se entenderá que todos estos expertos
(y otros no citados) dijeron más cosas y aun más interesantes
sobre la intuición y a ellos remitiríamos al lector
que deseara avanzar en el tema. Bueno, un par de alusiones más:
dice Goleman que “la sensibilidad intuitiva instantánea
podría ser el vestigio de un primitivo y esencial sistema
de alarma, cuya función consistía en advertirnos del
peligro...”; y el ya citado Jagdish Parikh (quizá uno
de los expertos que más ha estudiado la intuición
entre los directivos) sostiene, entre otras muchas cosas, que la
intuición es multidimensional (una habilidad, un don, una
forma de ser...), multicontextual (una señal instantánea,
una sensación durante un cierto periodo, un proceso continuo...)
y multinivel (consciente, subconsciente, inconsciente...). Entre
los directivos que más uso hacen de la intuición,
señala Parikh a los japoneses, los norteamericanos y los
británicos.
Hasta aquí, entonces, algunas breves referencias,
quizá suficientes, para aceptar que, bien entendida, la intuición
es más importante de lo que parece, y para situarla entre
el sistema nervioso primitivo y el evolucionado, entre los pensamientos
y los sentimientos, entre la habilidad y el don, entre lo individual
y lo colectivo, entre lo consciente y lo inconsciente, entre nuestro
viejo pasado y el futuro remoto, entre la veleidad y la ciencia;
y también para reproducir ya, ubicados en el escenario profesional,
algunos apuntes que, a modo de síntesis, extraemos de nuestra
fase de documentación:
• La intuición es un singular atributo
del ser humano difícil de explicar; parece integrar distintos
niveles de lo cognitivo, con lo emocional y aun con lo moral.
• La intuición, según dicen
los expertos, nos permite acceder a una gran reserva de conocimientos
de los que no somos conscientes, o lo somos sólo parcialmente.
• La intuición viene a ser el modo
de pensar “por defecto”, es decir, el que funciona cuando
no aplicamos el pensamiento racional.
• La intuición es, por el momento,
imposible de definir de modo gestaltista u holista; más que
definiciones, encontramos afirmaciones sobre ella.
• La intuición se manifiesta típicamente
mediante palabras, imágenes, sentimientos o sensaciones viscerales,
que no siempre sabemos interpretar.
• La intuición, que se puede desarrollar,
parece ser proporcional a la honradez emocional y a la motivación
por saber, por descubrir y por resolver.
• La intuición, en su manifestación
quizá más cotidiana, nos permite leer entre líneas
y conocer los sentimientos de los demás, al margen de sus
palabras.
• La intuición es una facultad genuina,
y no debemos confundirla con temores suscitados por el miedo, con
deseos o con peligrosas presunciones de infalibilidad.
• La intuición posee fronteras indeterminadas;
hay quien piensa, por ejemplo, que el apetito, además de
una forma de estrés, es una intuición.
• La intuición, es decir, la revelación
intuitiva, puede producirse en cualquier momento; debemos estar
atentos y preparados para reconocerla.
• La intuición es motivante; las
señales intuitivas nos mueven a la acción, pero —recordémoslo—
hemos de poner la razón en medio.
• La intuición está detrás
de muchos logros en materia de creatividad e innovación,
y ha resultado clave en numerosos éxitos empresariales.
• La intuición parece exigir, por
decirlo así, que estemos en resonancia con la situación
a resolver, o sea, que la hayamos comprendido bien.
• La intuición puede estar muy desarrollada;
en esos casos no accedemos a ella sólo por azar, sino que
podemos favorecer el acceso.
• La intuición permite percibir (presentir)
cosas venideras (aunque no todas las personas supuestamente visionarias
son realmente intuitivas).
Quizá a algún lector resulte esto
último más difícil de aceptar, pero nosotros
optamos por asumir que el subconsciente no conoce límites
de tiempo ni espacio, y que aporta materia para una ciencia precognitiva,
por no hablar llanamente de clarividencia. En realidad, a menudo
hablamos de “presentimientos”, y en el mundo del management
la intuición se entiende en ocasiones reducida a visión
de futuro, como si fueran sinónimos. La visión de
futuro o de negocio y, más en general, la intuición
son cualidades importantísimas para los directivos, pero
—ya se ha sugerido— hemos de guardarnos de los falsos
intuitivos o falsos visionarios, como nos recomienda, entre otros,
J. Fernández Aguado en uno de sus libros.
Un caso de intuición en los negocios
Nos parece, como ejemplo, que la intuición
tuvo un decisivo papel en la aparición, hace casi 25 años,
del Walkman de Sony. Quizá recuerde el lector que, tras comercializar
la compañía una grabadora monoaural de pequeño
tamaño para periodistas (el “Pressman”), los
ingenieros intentaron hacerla estereofónica; al incorporar
los nuevos circuitos ya no quedaba espacio para la función
de grabación, de modo que el resultado era un reproductor
portátil de cintas de audio, que precisaba auriculares externos.
Al parecer, los ingenieros consideraron el proyecto un fracaso,
y utilizaban el prototipo en el laboratorio para escuchar música.
Masaru Ibuka, ya como presidente honorario, lo escuchó accidentalmente
y pensó que podía venderse; su íntima convicción
le llevó a comentarlo con Akio Morita, que entonces dirigía
la compañía, y éste, igualmente confiado, decidió
fabricarlo a pesar de los informes desfavorables de sus colaboradores.
El tiempo dio la razón a estos legendarios empresarios japoneses,
seguramente más allá de sus expectativas.
No hace falta insistir en el éxito del
Walkman, ni queremos dar a entender que la intuición sea
la única vía hacia la innovación; de hecho,
algunas innovaciones de éxito se deben, por ejemplo, a la
mera serendipidad (bautizada así —serendipity—
en 1754, por Horace Walpole). Son serendipitosos los rayos X, el
horno de microondas, el Velcro... La serendipidad viene a ser la
facultad (que algunas personas parecen poseer en mayor medida que
otras) de hacer descubrimientos importantes por casualidad; algo
debe tener que ver con la curiosidad y la creatividad. Pero cerramos
esta breve digresión y volvemos al tema que nos ocupa, para
recordar que algunos casos muy conocidos de intuición están
relacionados con sueños; por ejemplo, el caso de la máquina
de coser de Elias Howe, o el de la arquitectura de la molécula
del benceno, resuelta por Friedrich August Kekulé von Stradonitz,
que, curiosamente, estudió Arquitectura y Química,
si no estamos mal informados. Sendos sueños proporcionaron
a estos hombres la respuesta que andaban buscando, de modo que insistimos
en el desaprovechado poder del subconsciente, a cuyo nivel nos movemos
con gran libertad, lejos de la autocensura de la conciencia.
Intuición en la era del conocimiento
En definitiva, la intuición se nos muestra
como fuente de conocimiento —o, dicho de otro modo, como fuente
de valiosas respuestas—, de cuya procedencia no somos conscientes
y cuyo significado se nos podría escapar (como dice Robert
K. Cooper, la intuición no suele formular frases completas).
Acabamos de acudir a un ejemplo del siglo XX (el Walkman) y dos
del XIX (la máquina de coser y la molécula del benceno),
pero ya en los albores del XXI se dice que estamos en la era de
la información y el conocimiento, y no debemos olvidar una
fuente, un recurso, tan importante como la intuición. A decir
verdad, más que en la era del conocimiento, algunos empresarios
y directivos parecen estar ya en la era de la intuición:
“lo único que realmente vale”, como nos decía
el insigne físico de Ulm.
Alguien podrá pensar que los grandes empresarios
se dedican ya más a la compra y venta de empresas y la ingeniería
financiera, que a la buena marcha de cada organización; aunque
así fuera, también resultaría necesaria —y
aun más necesaria— la intuición en la toma de
decisiones estratégicas. Pero efectivamente, la buena marcha
de cada organización pasa por el mejor aprovechamiento del
conocimiento individual y colectivo disponible, y aquí hay
que distinguir bien los tres tipos de conocimientos:
• el conocimiento explícito (fácil,
en general, de adquirir y compartir);
• el conocimiento tácito o implícito (más
costoso de adquirir y difícil de compartir), y
• el conocimiento “desconocido”, del que no
somos conscientes (y al que se llega mediante la intuición).
Creemos que los tres tipos de conocimientos son
altamente valiosos, y sabemos que los expertos más avanzados
en el área de gestión del conocimiento (knowledge
management) son sensibles al papel de la intuición.
Reconozca las señales intuitivas
La neurociencia admite que, para que brote la
respuesta intuitiva a un problema, antes hemos de haber identificado
e interiorizado suficientemente la situación como consecuencia
de la inquietud que nos transmite; después, y ya de manera
que no nos resulta consciente, hemos de haber incubado la solución.
Luego, en cualquier momento, emerge la señal intuitiva “lo
mismo —como dice Csikszentmihalyi— que un corcho mantenido
bajo el agua sale y salta en el aire cuando se le suelta”;
nosotros también la vemos como una burbuja que, al llegar
a la superficie, se muestra efímera: hay que estar atentos
para captarla. En cualquier caso, una vez que, repentinamente, ha
brotado la intuición y se ha reconocido y registrado como
tal en la conciencia, es el turno de la razón analítica:
el necesario complemento.
Reconozcamos, por consiguiente, esa especie de
sexto sentido que es la intuición, y no la confundamos con
una mera opinión, con un deseo, con una apuesta de futuro
o con una reflexión. Estemos atentos a estas señales
intuitivas repentinas (palabras, frases, imágenes, sensaciones,
emociones) y procuremos registrarlas en la conciencia antes de que
sucumban a su censura; registrémoslas, incluso y si podemos,
en un papel. Si no lo hacemos, la señal se puede diluir por
difusa, o por mor de las rigideces racionales. A veces, uno se despierta
por la noche y, de repente, se le ocurren algunas ideas relacionadas
con los problemas que tenía en la cabeza al acostarse; si
no pensáramos firmemente en estas revelaciones surgidas,
sólo unos instantes y sin ánimo de valorarlas, podríamos
haberlas olvidado al levantarnos.
Deseamos añadir un comentario. Hemos citado
al profesor Cooper y queremos decir que él, en su conocida
obra Executive EQ, habla de “flujo intuitivo” relacionándolo
con el estado de flujo estudiado por el igualmente citado profesor
Csikszentmihalyi (cuyos libros Flow y Creativity nos han parecido
también altamente interesantes). La verdad es que nosotros
no habíamos relacionado el estado de flujo (especie de íntima
euforia derivada del alto rendimiento) con la intuición (tampoco
parece hacerlo Csikszentmihalyi), pero admitimos cierto solape e
invitamos al lector a consultar estos tres libros, si no lo hubiera
hecho ya.
Desarrolle su intuición
Hemos tratado de definir la intuición en
busca de la aquiescencia del lector; pero reconocemos que nosotros
mismos hemos tardado más de 40 años en entender y
valorar este bonísimo recurso del ser humano. Ahora, en los
siguiente párrafos, documentados en las enseñanzas
de Cooper, Goleman y otros expertos en inteligencia emocional y
management, veremos algunas prácticas que se recomiendan
para el desarrollo de esta facultad. De entrada, recordar algo que
también nos transmite el profesor Cooper: la intuición
se cultiva con honradez emocional como nutriente. (Hemos entendido
bien lo de honradez emocional: no se trata de perseguir a los corruptos,
sino, básicamente, de ser coherentes con nosotros mismos
y preferir la verdad a la tranquilidad). Aquí van ya las
recomendaciones que sometemos a su consideración, para el
desarrollo de la intuición:
• Conózcase a sí mismo.
Se trata del famoso mandato délfico: Gnothi
seauton. Si lo prefiere, Nosce te ipsum o Know yourself. Esto es
bueno para todo y encaja con la necesaria dosis de honradez emocional.
Para alcanzar el autoconocimiento, ábrase al feedback de
buenas fuentes, practique la reflexión y preste atención
a su voz interior: no deje atrofiar este recurso. No nos referimos
a la voz de su ego; se trata, si le vale decirlo así, de
la voz de su alma, de la voz de su conciencia (ahora hablamos de
conciencia moral), de su fuero interno. Hay personas que apenas
escuchan la voz de los demás, pero igualmente grave resulta
el no escucharse a sí mismo. Trate de destapar esos puntos
ciegos pendientes y tome conciencia de sus fortalezas y debilidades.
Intente ser, de verdad, lo que le gustaría ser e intenta
parecer (esto ya lo decía Sócrates). Distinga bien
sus pensamientos de sus sentimientos e identifique claramente sus
emociones; no renuncie a ellas pero reconózcalas (meta-mood):
es el primer paso para encauzarlas debidamente y aprovecharlas.
Además, ya sabe que a veces la intuición se expresa
mediante emociones.
• Mejore su CE (cociente emocional):
diríamos que se trata de un imperativo moral. Si desarrolla
bien su esfuerzo de autoconocimiento, es posible que encuentre áreas
de mejora: autocontrol, empatía, liderazgo, purpose, resistencia
a la adversidad, flexibilidad... Cuanto mejor funcione su cerebro
emocional, más ayuda recibirá de la intuición.
En su proceso de mejora, siga buscando buen feedback: no se contente
con que le digan sólo lo que le guste escuchar. El feedback
es (lo dice Rick Tate) el desayuno de los campeones. Aprenda a expresar
y administrar sus sentimientos como expresa y administra sus pensamientos.
La inteligencia emocional nos hace seres humanos más completos
(lo dice Maurice J. Elias) y aun más felices (lo dice Goleman).
No lo dude, la intuición funciona mejor en personas con elevado
CE; de hecho, la intuición viene a ser una dimensión
exaltada de la inteligencia emocional (lo dice Cooper).
• Formule preguntas claras a su
intuición. La intuición está esperando
que Ud. la llame y que le plantee preguntas bien definidas. Cuanto
más la utilice, mejor funcionará. Quien esto escribe
tiene por norma dejar trabajo al subconsciente cada noche y esperar
resultados por la mañana. Entonces, uno puede encontrar respuestas,
como regalos traídos por el ratoncito Pérez: ideas
valiosas para problemas que demandan soluciones creativas, espacios
de visión que amplían su horizonte, impulsos o determinaciones
de hacer algo (o, definitivamente, de no hacerlo)... Debe profundizar
en lo yacente y subyacente de cada situación que le inquiete,
y luego formularse preguntas que pueda responder la intuición
con su diverso y peculiar lenguaje.
• Evalúe las señales
intuitivas, es decir, las soluciones que se le ofrecen.
Tanto si se trata de ideas creativas, impulsos para la acción,
soluciones a dilemas o luces para penumbras, no las rechace ni las
admita instantáneamente: recuerde lo del turno de la razón
analítica. Ya sabemos bien que la razón no es contraria,
sino complementaria, a la intuición. Es necesario asegurar
cuanto se pueda el acierto ante cada decisión; mediante el
acierto, ganaremos confianza en los procesos intuitivos, acudiremos
a ellos con más frecuencia y descifraremos mejor sus señales.
No bajemos la guardia en la evaluación, aunque creamos que
nuestras intuiciones son siempre buenas; no nos creamos nunca especialmente
agraciados con el don de la intuición; no nos olvidemos de
la prudencia, la humildad y el aprendizaje. También hemos
leído (Cooper): “No se puede ser intuitivo si se empeña
uno en llevar razón”.
Conclusión
Nos quedamos pensando que quienes ya conocían
la importancia de la intuición no necesitaban estos párrafos;
y que quienes no habían reparado suficientemente en ella
no habrán sintonizado plenamente con nuestras palabras. Pero,
si así fuera, confiamos en que los primeros nos habrán
dirigido su aquiescencia, y los segundos empezarán a interesarse.
Nosotros vemos la intuición como un recurso personal que,
aunque pueda parecer algo esotérico, está al alcance
de todos y resulta fundamental para quienes deban tomar frecuentes
decisiones. Inexcusable entre los directivos. No estamos muy seguros
—pero hay expertos que sí lo creen— de que funcione
mejor entre las mujeres que entre los hombres, aunque, como algunas
otras cosas, pueda manifestarse de manera peculiar en cada sexo
y, por supuesto, en cada persona. Desde luego, recomendamos explotar
el potencial del subconsciente, que no es nada despreciable, y brindamos
por un emparejamiento fructífero entre la razón y
la intuición. Pero si alguien prefiere los tríos,
hablemos de razón, corazón e intuición (este
nos parece un trío ganador, pero para el póquer uno
sumaría el purpose, y para el repóquer el courage).
©
José Enebral Fernández
Consultor de Management y RRHH
enebral@inves.es
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